15 de noviembre 2002
Y Vamos que otra vez me acorrala lo imposible porque todo lo que toco se vuelve lejano y por eso mismo, absurdo, que llego a la ceguera de mí misma cuando creía tenerlo todo tan cerca, tan palpable. Soy demasiado idiota para odiarte y estoy yo misma en el espejo de mi furia, el mismo que escupiste la otra noche. Mi furia ciega, pero por invisible, transparente y mortal. Sobre todo una furia plagada de sinsentidos, un viejo me habla del tiempo y de todos creo que fue Parménides el más sabio porque negó aquello mismo que lo angustiaba. Pero un alma romántica tiene que ver con eso mismo, con revolcarse entre la mierda de su propia angustia buscándole una razón pero sabiendo de antemano que no la tiene y ahí, ahí mismo entramos en el terreno de la contradicción sobre el que nos fundamos. Que no falta ninguna de las palabras de mis lugares comunes: búsqueda, angustia, contradicción, imposible, tiempo. Lindo cóctel para una noche de soledad acompañada que es la peor . Y el tiempo que ojalá fuera solamente una palabra, eso si creemos en la ingenuidad de las palabras. Es que del tiempo y de sus defasajes nace todo lo demás, es decir, la angustia, la contradicción, la continua búsqueda. Es el dolor de no poder encontrarse a sí mismo o de encontrar un solo instante ese yo que ni siquiera existe y que por si fuera poco, ese instante no es más que un espejismo. Creo que el viejo decía algo de eso, no era tonto el viejo, era como Edipo, ciego por demasiado lúcido y se había dado cuenta de todo el viejo, claro que sí, un quijote que de tanto leer... ya sabemos la historia y se había dado cuenta de todo por eso se encerró en un laberinto, buscando la perfección de los laberintos, como yo ahora mismo que estoy en este laberinto, encerrada, donde a pesar de todo hace tanto frío.
Felindareses
lunes, octubre 17, 2011
domingo, octubre 16, 2011
Y también el infinito/3
“Quizá la histeria es solamente el remanente de libertades frustradas, de espiritualidades amputadas, de amores sacrificados” (A. Artaud)
III
Había pensado en hablarte de la luna llena, del reflejo insensato sobre mis ojos, de su ser mujer y de la imposibilidad de llorarla. ¿Llorar la luna? Recordar, morder sus fríos dedos de luz y estremecerse porque ya la soledad es demasiada.
Estuve pensando en hablarte de la luna llena, de tu cara llena de luna de mi luna que nunca está llena y nunca es tu cara, Estuve pensando y no lo entiendo, tu piel me pide que rechace cada sueño. Odio y cansancio robás a mis gestos, robé tu imagen que sabe a odio que sabe de necesitarte.
III
Había pensado en hablarte de la luna llena, del reflejo insensato sobre mis ojos, de su ser mujer y de la imposibilidad de llorarla. ¿Llorar la luna? Recordar, morder sus fríos dedos de luz y estremecerse porque ya la soledad es demasiada.
Estuve pensando en hablarte de la luna llena, de tu cara llena de luna de mi luna que nunca está llena y nunca es tu cara, Estuve pensando y no lo entiendo, tu piel me pide que rechace cada sueño. Odio y cansancio robás a mis gestos, robé tu imagen que sabe a odio que sabe de necesitarte.
Y también el infinito/2
II
La imbecilidad de la certeza, la dócil manera de quebrarse por un susurro, un innegable deseo de permanecer sin sangre.
La imbecilidad de la certeza, la dócil manera de quebrarse por un susurro, un innegable deseo de permanecer sin sangre.
Y también el infinito/1
No se enamore nunca de ninguna mujer salvaje. No hay que entregarle el corazón a los seres salvajes. (Truman Capote)
15 de marzo 2001
Y el hastío, el lúgubre, pesado, irresoluble hastío. La fuerza del cinismo que se apodera de las manos, de los ojos que antes miraron con la fuerza de la pasión y que hoy están cansadas, hartas del mundo que se te rompe en el tímpano. El mundo sigue sin vueltas, sin tuercas, el mundo entrenado para deshacerte en mil pedazos, elecciones y juegos.
La gente desaparece, rompe puentes apenas esbozados, rompe figuras desprendidas de sueños. El hastío, qué terrible juego es, casi la nada, casi la necesidad de nada.
Se te destruyen los dientes cuando chilla el hastío con un silencio paradójico. Y vos, del otro lado de la inercia, jugando a que sos otra, a que sos distinta a que tenés una sintonía diferente, jugando a que no cometiste errores, que nada te afecta y sin embargo, no pudiendo disimular que todo se trata de un juego.
15 de marzo 2001
Y el hastío, el lúgubre, pesado, irresoluble hastío. La fuerza del cinismo que se apodera de las manos, de los ojos que antes miraron con la fuerza de la pasión y que hoy están cansadas, hartas del mundo que se te rompe en el tímpano. El mundo sigue sin vueltas, sin tuercas, el mundo entrenado para deshacerte en mil pedazos, elecciones y juegos.
La gente desaparece, rompe puentes apenas esbozados, rompe figuras desprendidas de sueños. El hastío, qué terrible juego es, casi la nada, casi la necesidad de nada.
Se te destruyen los dientes cuando chilla el hastío con un silencio paradójico. Y vos, del otro lado de la inercia, jugando a que sos otra, a que sos distinta a que tenés una sintonía diferente, jugando a que no cometiste errores, que nada te afecta y sin embargo, no pudiendo disimular que todo se trata de un juego.
martes, marzo 09, 2010
miércoles, enero 13, 2010
Imagen versus texto
IMAGEN VERSUS TEXTO
Por Leo Masliah
Uno de los temas que sacuden los cimientos del universo cultural de Occidente en las últimas décadas, y a ritmo cada vez más vertiginoso, es sin duda el de la lucha que en los espacios de comunicación se libra entre la imagen y el texto escrito. Y uno de los síntomas más inequívocos de la relegación sufrida por el texto, es su sacralización.La mayoría de la gente que no lee ni siquiera los subtítulos de una película, está convencida de que los libros contienen verdades más importantes y profundas que el cine, los dibujos animados o las historietas.Muchos textos son apreciados no por lo que dicen, sino porque lo que dicen está escrito, de modo que son vistos más como imágenes que como textos. La palabra escrita, en tanto tal e independientemente de lo que dice, es una imagen, no un texto. Mejor dicho: es varias imágenes.No se trata de un resurgimiento de la antigua creencia de que lo que “estaba escrito” ocurre, o que lo que “está escrito” es verdad. Acá no hay verdad ni falsedad: hay un tipo de papel, con cierto tipo de caracteres y respaldado por el logotipo de alguna editorial prestigiosa, que indica la elevada jerarquía de ese misterioso enjambre de letras.Así, mucha gente puede creer o declarar que venera los libros, cuando en verdad venera imágenes.Sin embargo, pese a su frecuente desprecio por formas de expresión como el cine, las series televisivas o las telenovelas (no porque las desprecie en sí mismas –tal vez no pueda pasar un día sin encender la televisión– sino por considerarlas inferiores en rango a la literatura), no se dan cuenta de que su verdadera relación con la literatura se da a través de ellas. Y esto es así porque, en el estado en que se encuentran actualmente (o de la forma como las cultiva la mayoría), estas formas artísticas no son otra cosa que literatura disfrazada. Los cineastas que operan en base a un pensamiento no literario son una ínfima minoría y, además, son desconocidos por el gran público. La mayor parte de las personas a quienes se muestre una película que no se deje traducir en un “argumento” explicitable verbalmente, dirán que no la entendieron.Así que, muchas veces, la imagen está donde la gente cree ver texto, y el texto está donde se cree estar frente a la imagen.Pero no es ésta la única distorsión que los valores más arraigados imprimen al vínculo que tenemos con los textos y las imágenes. La gente que se queja del abandono de la lectura olvida –o nunca supo– que el porcentaje de idioteces que ocupa los libros escritos en todas las épocas no es en modo alguno inferior al de las que pueblan las series televisivas, las telenovelas y las películas. Y tal vez hoy en día, con el avance de los libros de autoayuda en las mesas de todas las librerías, en desmedro de los otros (los que son para ayudar a los demás), este porcentaje esté en franco crecimiento.La “riqueza de imágenes” es algo que no pocos lectores buscan en la prosa y en la poesía. Pocos son capaces de apreciar el sentido vivificante de los textos que coartan la imagen, como aquel gato de Lewis Carroll del que sólo podía verse la sonrisa (y no la boca sonriendo, como tontamente se le tergiversó en la película de Walt Disney “Alicia en el país de las maravillas”).Por otra parte, el dicho “una imagen vale más que mil palabras” es en la actualidad verificable en los espacios que ocupan en un disco los archivos de texto y los de imagen. Por lo menos, las imágenes “pesan” más... aunque puedan no valer lo que pesan.Pero el paulatino acrecentamiento del tiempo que, al menos en una porción del mundo, la gente vive en el ciberespacio, parece minimizar los polos de esa lucha texto versus imagen. La televisión está siendo cada vez más desplazada por el monitor de la computadora, y ahí no hay primacía de la imagen ni del texto. Todo está ligado y potenciado de manera que pueden volver a clarificarse los verdaderos términos de la lucha librada en el seno de la cultura: inteligencia contra estupidez. Quizá los adolescentes de hoy que no despegan su nariz de la pantalla no superen en frivolidad a ésos que hace cuarenta años se distraían momentáneamente de su lectura de Tarzán y de Sissi para ponerse un aro de madera en la cintura y gritar “ula ula”.
Este texto forma parte del libro de Leo Maslíah “Carta a un escritor latinoamericano y otros insultos” (© Ediciones de la Flor, 1999 y © Ediciones en Danza, 2007).www.leomasliah.com
Yo lo tomé prestado de un post de Mónica Weiss (Gracias, Mónica)
Por Leo Masliah
Uno de los temas que sacuden los cimientos del universo cultural de Occidente en las últimas décadas, y a ritmo cada vez más vertiginoso, es sin duda el de la lucha que en los espacios de comunicación se libra entre la imagen y el texto escrito. Y uno de los síntomas más inequívocos de la relegación sufrida por el texto, es su sacralización.La mayoría de la gente que no lee ni siquiera los subtítulos de una película, está convencida de que los libros contienen verdades más importantes y profundas que el cine, los dibujos animados o las historietas.Muchos textos son apreciados no por lo que dicen, sino porque lo que dicen está escrito, de modo que son vistos más como imágenes que como textos. La palabra escrita, en tanto tal e independientemente de lo que dice, es una imagen, no un texto. Mejor dicho: es varias imágenes.No se trata de un resurgimiento de la antigua creencia de que lo que “estaba escrito” ocurre, o que lo que “está escrito” es verdad. Acá no hay verdad ni falsedad: hay un tipo de papel, con cierto tipo de caracteres y respaldado por el logotipo de alguna editorial prestigiosa, que indica la elevada jerarquía de ese misterioso enjambre de letras.Así, mucha gente puede creer o declarar que venera los libros, cuando en verdad venera imágenes.Sin embargo, pese a su frecuente desprecio por formas de expresión como el cine, las series televisivas o las telenovelas (no porque las desprecie en sí mismas –tal vez no pueda pasar un día sin encender la televisión– sino por considerarlas inferiores en rango a la literatura), no se dan cuenta de que su verdadera relación con la literatura se da a través de ellas. Y esto es así porque, en el estado en que se encuentran actualmente (o de la forma como las cultiva la mayoría), estas formas artísticas no son otra cosa que literatura disfrazada. Los cineastas que operan en base a un pensamiento no literario son una ínfima minoría y, además, son desconocidos por el gran público. La mayor parte de las personas a quienes se muestre una película que no se deje traducir en un “argumento” explicitable verbalmente, dirán que no la entendieron.Así que, muchas veces, la imagen está donde la gente cree ver texto, y el texto está donde se cree estar frente a la imagen.Pero no es ésta la única distorsión que los valores más arraigados imprimen al vínculo que tenemos con los textos y las imágenes. La gente que se queja del abandono de la lectura olvida –o nunca supo– que el porcentaje de idioteces que ocupa los libros escritos en todas las épocas no es en modo alguno inferior al de las que pueblan las series televisivas, las telenovelas y las películas. Y tal vez hoy en día, con el avance de los libros de autoayuda en las mesas de todas las librerías, en desmedro de los otros (los que son para ayudar a los demás), este porcentaje esté en franco crecimiento.La “riqueza de imágenes” es algo que no pocos lectores buscan en la prosa y en la poesía. Pocos son capaces de apreciar el sentido vivificante de los textos que coartan la imagen, como aquel gato de Lewis Carroll del que sólo podía verse la sonrisa (y no la boca sonriendo, como tontamente se le tergiversó en la película de Walt Disney “Alicia en el país de las maravillas”).Por otra parte, el dicho “una imagen vale más que mil palabras” es en la actualidad verificable en los espacios que ocupan en un disco los archivos de texto y los de imagen. Por lo menos, las imágenes “pesan” más... aunque puedan no valer lo que pesan.Pero el paulatino acrecentamiento del tiempo que, al menos en una porción del mundo, la gente vive en el ciberespacio, parece minimizar los polos de esa lucha texto versus imagen. La televisión está siendo cada vez más desplazada por el monitor de la computadora, y ahí no hay primacía de la imagen ni del texto. Todo está ligado y potenciado de manera que pueden volver a clarificarse los verdaderos términos de la lucha librada en el seno de la cultura: inteligencia contra estupidez. Quizá los adolescentes de hoy que no despegan su nariz de la pantalla no superen en frivolidad a ésos que hace cuarenta años se distraían momentáneamente de su lectura de Tarzán y de Sissi para ponerse un aro de madera en la cintura y gritar “ula ula”.
Este texto forma parte del libro de Leo Maslíah “Carta a un escritor latinoamericano y otros insultos” (© Ediciones de la Flor, 1999 y © Ediciones en Danza, 2007).www.leomasliah.com
Yo lo tomé prestado de un post de Mónica Weiss (Gracias, Mónica)
lunes, enero 11, 2010
Lecturas... lecturas
El viajero del siglo - de Andrés Neuman
Saga Crepúsculo (Crepúsculo - Luna nueva y Eclipse)- Stephanie Meyer
El libro salvaje - Juan Villoro
Beloved - Toni Morrison
El jamón del sánguche - Graciela Bialet
La enciclopedia de las chicas perla - Luis Pescetti
El enigma de París - Pablo de Santis
El país del viento - Sylvia Iparraguirre
La literatura como exploración - Louise Rosemblatt
El ambiente de la lectura - Aidan Chambers
Saga Artemis Fowl (Artemis Fowl - Encuentro en el Ártico - El cubo B)- Eoin Colfer
y otros que no me acuerdo, por dejar tan abandonadito este blog...
Saga Crepúsculo (Crepúsculo - Luna nueva y Eclipse)- Stephanie Meyer
El libro salvaje - Juan Villoro
Beloved - Toni Morrison
El jamón del sánguche - Graciela Bialet
La enciclopedia de las chicas perla - Luis Pescetti
El enigma de París - Pablo de Santis
El país del viento - Sylvia Iparraguirre
La literatura como exploración - Louise Rosemblatt
El ambiente de la lectura - Aidan Chambers
Saga Artemis Fowl (Artemis Fowl - Encuentro en el Ártico - El cubo B)- Eoin Colfer
y otros que no me acuerdo, por dejar tan abandonadito este blog...
Un nuevo relato/1
Nadie le dijo que por esa calle difícilmente llegaría a ningún lado. La dejaron en la esquina y la miraron marchar con indiferencia y un asumido y bien practicado instinto de conservación los retrajo hacia las sombras mientras ella se perdía en otras sombras más allá, cargada con la garrafa de gas llena.
Ella sabía que no era el camino, pero también sabía que no podía retroceder, ya llegaría de algún modo u otro. La esquina coincidía con la luz final y más allá, las lámparas estaban rotas; los chicos del barrio tenían por costumbre practicar con ellas un afinado tiro al blanco. Le hubiera servido un poco más de luna, pero esa noche, la luna flotaba en una aureola de bruma densa y apelmazada. Agua en la luna.
Supo que había pisado barro y que una bolsa vacía se había enganchado en el filo de su taco, no se detuvo para quitársela porque creyó sentir pasos detrás; se convenció de que era una perro vagabundo para no dejar crecer el miedo inútilmente.
Tres cuadras más abajo, sin percibir el nombre de las calles (porque quizás no tuvieran ningún nombre) dobló hacia la izquierda, tal como le había explicado. Ella sabía que no iba por el camino que le habían dicho, igual dobló a la izquierda, necesitaba algún tipo de regla en medio de tanta descontextualización. Entonces contó cinco puertas. La suya era la azul, la quinta y la azul, aunque apenas le era posible distinguir colores entre la luz absurda de la luna húmeda y la mugre que flotaba en el ambiente. Contó cinco puertas y tocó en una que más bien parecía negra.
Nadie contestó, aunque percibió cierto movimiento de lo que creó un levantarse con dificultad de alguna silla vencida y un arrastrar los pies pesados por sobre la arenilla. A continuación oyó un chirrido y supo que la puerta se había abierto o que la habían abierto, sólo que nadie estaba allí.
Avanzó.
La oscuridad continuaba en el interior de la casa. También ella arrastró los pies y se acercó a una lubre débil, interrumpda por el voluminoso cuerpo de la mujer que se había inclinado a recoger al niño. Estaba dormido.
Ella se acercó unos pasos hacia la mujer y sin mediar palabra ni gestio (que además, nadie hubiera distinguido) dejó a los pies de la cama sucia y a un lado de la lámpara de luz huérfana, la garrafa de gas convenida.
Tomó al niño y salió. El chirrido de la puerta tardó en llegar, supo que la mujer la observaba.
Siguió caminando. Aliviada del peso de la garrafa pero vencida por otro tipo de peso que no había imaginado.
Contó cinco puertas hacia la derecha y llegó a la esquina. Fue un error darse vuelta y observar pero lo hizo. La casa de pronto se iluminó completamente. Ella intentó una falsa sonrisa que no terminó de formarse en sus labios y que se transformó en una desagradable mueca indefinida cuando a la luz de la casa le siguió un grito desesperado.
Ella retomó la marcha. Hubiese querido correr pero tenía miedo por el niño, así que caminó lo más rápido que pudo para engordar con urgencia la distancia.
Cuando llegó a la calle principal, la gente seguía detenida en el breve gesto de llevarse la botella a la boca o de aplastar un cigarrillo contra la tierra. La siguieron con la mirada, sin gesticular. Se preguntarán si encontré lo que buscaba, pensó ella.
Seguramente sí, se dijeron, porque a pesar de que ahora cargaba con un niño, había entrado al barrio con una garrafa de gas que más de uno había pensado en robarle. Quién sabe por qué nadie lo hizo.
Ella sabía que no era el camino, pero también sabía que no podía retroceder, ya llegaría de algún modo u otro. La esquina coincidía con la luz final y más allá, las lámparas estaban rotas; los chicos del barrio tenían por costumbre practicar con ellas un afinado tiro al blanco. Le hubiera servido un poco más de luna, pero esa noche, la luna flotaba en una aureola de bruma densa y apelmazada. Agua en la luna.
Supo que había pisado barro y que una bolsa vacía se había enganchado en el filo de su taco, no se detuvo para quitársela porque creyó sentir pasos detrás; se convenció de que era una perro vagabundo para no dejar crecer el miedo inútilmente.
Tres cuadras más abajo, sin percibir el nombre de las calles (porque quizás no tuvieran ningún nombre) dobló hacia la izquierda, tal como le había explicado. Ella sabía que no iba por el camino que le habían dicho, igual dobló a la izquierda, necesitaba algún tipo de regla en medio de tanta descontextualización. Entonces contó cinco puertas. La suya era la azul, la quinta y la azul, aunque apenas le era posible distinguir colores entre la luz absurda de la luna húmeda y la mugre que flotaba en el ambiente. Contó cinco puertas y tocó en una que más bien parecía negra.
Nadie contestó, aunque percibió cierto movimiento de lo que creó un levantarse con dificultad de alguna silla vencida y un arrastrar los pies pesados por sobre la arenilla. A continuación oyó un chirrido y supo que la puerta se había abierto o que la habían abierto, sólo que nadie estaba allí.
Avanzó.
La oscuridad continuaba en el interior de la casa. También ella arrastró los pies y se acercó a una lubre débil, interrumpda por el voluminoso cuerpo de la mujer que se había inclinado a recoger al niño. Estaba dormido.
Ella se acercó unos pasos hacia la mujer y sin mediar palabra ni gestio (que además, nadie hubiera distinguido) dejó a los pies de la cama sucia y a un lado de la lámpara de luz huérfana, la garrafa de gas convenida.
Tomó al niño y salió. El chirrido de la puerta tardó en llegar, supo que la mujer la observaba.
Siguió caminando. Aliviada del peso de la garrafa pero vencida por otro tipo de peso que no había imaginado.
Contó cinco puertas hacia la derecha y llegó a la esquina. Fue un error darse vuelta y observar pero lo hizo. La casa de pronto se iluminó completamente. Ella intentó una falsa sonrisa que no terminó de formarse en sus labios y que se transformó en una desagradable mueca indefinida cuando a la luz de la casa le siguió un grito desesperado.
Ella retomó la marcha. Hubiese querido correr pero tenía miedo por el niño, así que caminó lo más rápido que pudo para engordar con urgencia la distancia.
Cuando llegó a la calle principal, la gente seguía detenida en el breve gesto de llevarse la botella a la boca o de aplastar un cigarrillo contra la tierra. La siguieron con la mirada, sin gesticular. Se preguntarán si encontré lo que buscaba, pensó ella.
Seguramente sí, se dijeron, porque a pesar de que ahora cargaba con un niño, había entrado al barrio con una garrafa de gas que más de uno había pensado en robarle. Quién sabe por qué nadie lo hizo.
lunes, agosto 31, 2009
lunes, diciembre 15, 2008
Nuevas adquisiciones diciembre
Artemis Fowl: Eoin Colfer
Austerlitz: WG Sebald
Los hijos de Anansi: Neil Gaiman (por recomendación de Natalia)
Austerlitz: WG Sebald
Los hijos de Anansi: Neil Gaiman (por recomendación de Natalia)
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